Viaje al país que no existe: Abjasia (I)
Aquí no solo desaparecen las cosas, sino que cuando lo hacen, el recuerdo de ellas también se desvanece.
Así hablaba el gran Paul Auster en su libro El país de las últimas cosas describiendo el día a día de una joven atrapada en un lugar gobernado por el caos y la escasez, donde tanto gente como edificios o símbolos, un día desaparecen y no vuelven jamás. Para muchos, sin embargo, esto no es ficción. Durante periodos de guerra o después de ellos hay rincones de este mundo donde muchas cosas dejaron de existir o fueron sustituidas por algunas peores, y que han quedado congeladas en el tiempo tal como estaban. Museos del horror a plena luz del día.
Hoy os hablo de mi viaje a una de estas fotografías para siempre inmortalizadas, en un sepia apagado. Un Chernóbil silencioso e inofensivo en el que sus habitantes siguen con su vida tan bien como pueden a la espera de que algo cambie, generación tras generación y sin pretensiones. Coge tu pasaporte, tu carta de invitación y tu visado de entrada, porque volvemos a la República de Abjasia.
Las mochilas pesan, pero tras un par de semanas llevándolas arriba y abajo por el Cáucaso nuestros omóplatos ya no se quejan. Antes de que podamos dejarlas en el suelo un hombre de mediana edad y poblado bigote nos hace señas para que nos acerquemos al lavadero de coches donde se encuentra, al otro lado de la carretera. En Georgia esto es completamente normal: cualquier desconocido cogería a unos mochileros y los llevaría hasta su destino siempre que esté en su dirección. Y si no, te dejarán en el siguiente cruce para que algún camión te recoja desde allí.
Lo que están lavando es, aunque no lo parezca, un coche patrulla. Estamos de suerte, porque al decirle que queremos ir a Abjasia resulta que el paisano, policía aunque tampoco lo parezca, trabaja en ese mismo puesto fronterizo. Aunque no es fácil meter a dos turistas con sus respectivas mochilas de 50 litros en un diminuto Lada, el conductor no tiene problemas en pasar a recoger a otro compañero suyo y a su perro, que también se dirigen a la aduana.
Sorpresa la nuestra cuando al llegar vemos que también hay otros dos mochileros que están esperando para terminar los trámites. Son noruegos y llevan esperando más de cuatro horas a no saben qué, allí nadie parece interesarle lo que hagan cuatro turistas perdidos. El policía bigotudo sale a pedirnos los pasaportes y nos explica que ahora tienen que llamar al Ministerio de Asuntos Exteriores en Tbilisi para comunicar que unos turistas quieren ir a Abjasia. Y que a ver si nos dejan pasar.

No quiero dar aquí una lección de geopolítica pero, para que entendáis el porqué de tanta desconfianza para cruzar un puente a pie os diré que allá donde vamos ellos, los georgianos, no pueden poner ni un pie. Abjasia es una región de Georgia que se separó de facto en 1993 tras una cruenta guerra civil con injerencia Rusa, y que terminó con la expulsión de los georgianos étnicos de la zona. Rusia ahora controla lo que llaman la República de Abjasia.
No sabemos si la llamada de Tbilisi aún no la han hecho o no la han devuelto, pero el oficial a cargo del humilde despacho en el porche de la garita no ha movido los pies de la mesa. El teléfono suena, lo cogen sin ganas pero los policías ni nos miran. No debe ser el señor ministro, así que nos sentamos porque esto va para largo.
Un perrito con las orejas caídas se acerca curioso y observo que nos mira sin mover la cola, como si ya hubiera perdido la ilusión. Lo poco que llevamos con nosotros, le decimos, es para aguantar las horas que parece que nos esperan bajo este sol de agosto. Charlando pasan unos veinte minutos y el mismo policía que nos ha traído nos entrega los pasaportes y nos dice con una mueca: “Buena suerte”. Que alguien te desee suerte puede ser agradecido en otras situaciones, pero cuando vas a un lugar donde sabes que la vida discurre muy diferente a como la conocemos, un escalofrío recorre tu espalda cuando sabes que suerte es lo único que pueden desearte al adentrarte al país de las últimas cosas.
El más alto de los noruegos nos dice: “¡Si lo llegamos a saber venimos directamente con vosotros y nos ahorramos la espera!”. Nos miramos y, encogiendo los hombros, empezamos a andar los cuatro en dirección al puente sobre el río Ingur, con nuestro peludo amigo a los pies y las mochilas otra vez a la espalda. Bueno, uno de ellos lleva una maleta a ruedas, pero tampoco quiero preguntarle si sabe exactamente adónde va.
Justo antes de cruzar nos recibe una pérgola con una pequeña bandera de la Unión Europea y un soldado medio dormido. Su caso azul está en sobre mesa, así que entiendo que el estado de alarma no debe ser muy alto, aun así decido acercarme para hacerle saber que estamos aquí: mejor no asustar a gente con semiautomáticas. Para mi tranquilidad -o para mi desánimo- solo con verle levantar la mirada me doy cuenta de que le importa un bledo quien pase en esa dirección. Acabamos de pasar con éxito por la segunda frontera invisible hacia un país que no existe.
El puente tiene barandas blancas de piedra y es bastante largo, pero el perrito nos acompaña durante todo el trayecto. El suelo es de asfalto pero solo se ven cruzar algunos burros con carros cargados de electrodomésticos de todo tipo, ya que a ambos lados del puente hay bloqueos de piedra que no se han movido ni un centímetro en las últimas tres décadas, y no parece que permitan la entrada de coches. Una oxidada banda de clavos corrobora que por allí no ha pasado un vehículo en muchísimo tiempo.

El otro lado del río está concurrido. Se trata de una valla con alambre de espinos y una casita donde está la aduana abjasia. En lo alto ondea la enorme bandera verde y blanca de Abjasia, mucho más grande que el resto. Allí esperan pacientes una docena de personas para entrar de nuevo con toda clase de artefactos: colchones, microondas, bolsas con peces vivos, cestas con pepinos, bañeras y utensilios que no sabemos identificar. Nadie habla, nadie se queja, pero tampoco tardamos mucho en mostrar nuestro permiso de entrada oficial y que nos dejen pasar, con alguna llamada de por medio, claro está.
Este ha sido el tercer control que pasamos. Para ser un país que no existe, parece que muchos admiten su presencia. Andamos en busca de un taxi y topamos con otra cola, esta vez precediendo un gran barracón con soldados uniformados. En sus parches de velcro, banderas tricolor blanco, azul y rojo: estamos en el check point ruso que “vela” por la seguridad de Abjasia desde su separación. Es una situación complicada porque en un puesto fronterizo así estás en tierra de nadie y no puedes avanzar ni volver atrás hasta que alguien lo permita, o peor, hasta que te devuelvan los pasaportes.
Por suerte lo tenemos todo preparado y por duplicado: le mostramos al cadete, con la mejor de nuestras sonrisas, la reserva del alojamiento en inglés y en ruso, así como una fotocopia de nuestro pasaporte, por si se la quieren quedar. Nos preguntan, sin ninguna de sus sonrisas, cuál es el motivo de nuestro viaje. “Turismo”, le decimos, pero nadie viaja a Abjasia por placer, así que la respuesta es algo sospechosa. Al ver a los compañeros noruegos metiendo sus cosas en la maleta de ruedas me doy cuenta del siguiente paso: dejar sobre la mesa todo lo que llevamos en las mochilas para su inspección. Me alegro de que lo peor que pase es solo tener que ponerlo todo otra vez dentro.
Tras unos momentos de vacilación nos deja pasar y nos indica que el permiso de entrada que nos dieron tras la carta de invitación es solo eso, para entrar: tenemos 72 horas para ir al Ministerio de Repatriación en la capital, Sukhumi, para sellarlo y que nos den el de salida. Sin él, no podremos salir jamás del país que no existe.
Nómada incansable, amante de las mochilas de más de 40 litros. Geek de la geopolítica, las relaciones humanas y otros territorios en conflicto. Apasionado cuentacuentos, razón aquí.






