¿Por qué sentimos más frío al final del día?
Es una sensación muy común: durante el día podemos estar cómodos con una chaqueta ligera, pero cuando cae la tarde empezamos a buscar un jersey, una manta o una bebida caliente. Aunque el termómetro marque una temperatura similar, nuestro cuerpo parece reaccionar de forma distinta al paso de las horas. Esta percepción no es casual ni una simple sugestión.
La explicación está en la combinación de factores biológicos y ambientales que entran en juego a medida que avanza el día. Nuestro organismo cambia, el entorno también lo hace, y juntos influyen en cómo percibimos el frío. Entender por qué ocurre nos ayuda a comprender mejor cómo funciona nuestro cuerpo y por qué ciertas sensaciones se intensifican al anochecer.
El ritmo circadiano y la temperatura corporal
Nuestro cuerpo funciona siguiendo un ritmo interno conocido como ritmo circadiano, que regula procesos tan importantes como el sueño, el nivel de energía o la temperatura corporal. A lo largo del día, esta temperatura no se mantiene constante, sino que fluctúa de forma natural siguiendo un patrón bastante predecible.
Durante la tarde, la temperatura corporal alcanza uno de sus puntos más altos, pero a medida que se acerca la noche empieza a descender progresivamente. Esta bajada es una señal biológica que prepara al cuerpo para el descanso. Al disminuir la temperatura interna, nos volvemos más sensibles al frío externo, incluso aunque el ambiente no haya cambiado de manera drástica.
El cansancio y la menor producción de calor
Al final del día no solo estamos más relajados, sino también más cansados. El desgaste físico y mental acumulado hace que el cuerpo reduzca la producción de energía, y con ella, la generación de calor. Esta disminución afecta directamente a cómo percibimos la temperatura.
Además, por la tarde y la noche solemos movernos menos. La actividad muscular es una fuente importante de calor corporal, por lo que al pasar a un estado más sedentario el cuerpo pierde uno de sus principales mecanismos para mantenerse caliente. Esta combinación de fatiga y menor movimiento hace que el frío se perciba de forma más intensa.
El descenso progresivo de la temperatura ambiental
A medida que el sol se pone, el entorno también cambia. Durante el día, la radiación solar calienta el suelo y el aire, pero al desaparecer esa fuente de calor, la temperatura comienza a descender poco a poco. Aunque la diferencia pueda parecer mínima, el cuerpo es muy sensible a estos cambios.
En muchos lugares, además, la humedad aumenta al final del día, lo que intensifica la sensación térmica de frío. En espacios interiores ocurre algo similar, ya que se reduce la ventilación o se ajustan los sistemas de climatización. Todo ello contribuye a que el ambiente resulte más frío justo cuando nuestro cuerpo es más vulnerable a esa sensación.
La ropa y la adaptación al cambio de temperatura
La forma en que nos vestimos también influye en cómo sentimos el frío por la tarde. Durante el día solemos elegir la ropa pensando en las horas más cálidas, sin tener en cuenta que al caer la noche la temperatura puede bajar rápidamente. Cuando el cuerpo ya no genera tanto calor, esa ropa resulta insuficiente.
Este desfase entre la temperatura real y la protección que llevamos puesta hace que el frío se note más de lo que realmente es. No se trata solo de grados, sino de cómo nuestro cuerpo se adapta a ellos. Por eso, añadir una capa extra al final del día suele marcar una gran diferencia en la sensación térmica.
La circulación sanguínea y el frío en las extremidades
Otro factor importante es la circulación sanguínea. Por la noche, el cuerpo prioriza los órganos vitales y reduce el flujo de sangre hacia las extremidades. Como consecuencia, manos y pies se enfrían con mayor facilidad, y esa sensación localizada acaba extendiéndose al resto del cuerpo.
Cuando las extremidades están frías, el cerebro interpreta que el cuerpo entero lo está. Esta respuesta forma parte de un mecanismo natural de conservación de energía, pero también explica por qué al final del día el frío se percibe de forma más intensa, incluso en ambientes cerrados y aparentemente templados.
Una sensación completamente normal
Sentir más frío al final del día no es una exageración ni una cuestión de sensibilidad personal. Es una respuesta normal del organismo a los cambios internos y externos que se producen con el paso de las horas. Nuestro cuerpo se prepara para el descanso, reduce su actividad y responde de forma diferente a la temperatura del entorno.
Por eso, cuando llega la tarde, gestos tan sencillos como abrigarse un poco más o crear un ambiente cálido resultan tan reconfortantes. No solo nos hacen sentir mejor, sino que ayudan al cuerpo a adaptarse a ese cambio natural que ocurre cada día, casi sin que nos demos cuenta.

Defensora de la «Buena Vida». Intensa del deporte pero también del culto a la cerveza «fresquita». Aventura de fin de semana. Inquieta y muy curiosa. Podemos hablar de prácticamente todo, ¿Qué propones?






