Guía de playas de colores en España
Si tu idea de una playa perfecta es un anuncio de protector solar con arena dorada y una palmera estratégicamente situada, lamento decirte que ya eres un clásico. Mientras el resto de los mortales se pelea por un metro cuadrado en Benidorm, los nómadas como tu y yo buscamos algo más… texturizado.
España, ese país pensado a partir de un catálogo de muestras geológicas infinito, ofrece costas que desafían la lógica del bañador tradicional. Desde cristales pulidos por el mar hasta palomitas que no se comen, hoy recorremos esas playas donde lo último que quieres es que se te meta la «arena» en el ojo. Aquí empieza nuestra guía de playas de España por colores.
Blanco: Playa de las Palomitas, Fuerteventura
Si vas por el norte de Fuerteventura, cerca de Corralejo, te toparás con la Playa de las Palomitas (Popcorn Beach, para los surfistas americanos). No, no es que un cine haya explotado. Lo que pisas son rodolitos: algas calcáreas que, al morir, se erosionan y adquieren esa forma exacta de palomita de maíz blanca y rugosa.
Es, posiblemente, la playa más incómoda de España para echarse la siesta sin una buena hamaca, pero visualmente es fantasía. El problema es que su fama en redes sociales ha hecho que miles de personas se lleven estas estructuras a casa, olvidando que un rodolito tarda siglos en crecer. Si te llevas una, básicamente estás robándole un ladrillo a la casa de la biodiversidad marina. Haz la foto y deja la palomita donde está, por favor.
Rojo: Cala Pilar, Menorca
En Menorca cambiamos las palomitas por el color óxido. Cala Pilar es una playa de arena roja y arcilla dorada rodeada de colinas de un color bermellón intenso, la puedes ver en la foto de portada de este artículo.
El contraste entre el rojo de la tierra, el verde de los pinos y el azul turquesa del agua es un ataque directo al nervio óptico. Es una playa “virgen”, lo que significa que el paseo para llegar te hará sudar la gota gorda, pero la recompensa es bañarte en un escenario que parece el set de rodaje de una odisea espacial.
Amarillo: Cala Fonda, Tarragona
O Waikiki para los amigos de lo exótico, funciona como un búnker de color amarillo ocre. Sus paredes de arcilla no solo te protegen del viento en este enclave, sino que sirven de spa improvisado: es casi obligatorio rascar la piedra caliza y embadurnarse el cuerpo para parecer un lingote de oro humano antes de lanzarse al Mediterráneo.

Es el lugar donde el amarillo de la tierra y el azul del cielo compiten por ver cuál es más intenso, todo esto envuelto por el color verde pino mediterráneo del Bosc de la Marquesa.
Gris: Lo Pagán, Murcia
Hay dos tipos de personas en las playas de fangoterapia: los que se embadurnan con elegancia y los que parecen sacados de una película de terror de serie B. Si vas a Lo Pagán en el Mar Menor (Murcia), prepárate para ver a muchos de los segundos. Cala Cavallería en Menorca es otro ejemplo.
En estas zonas, la «arena» es en realidad una arcilla con propiedades terapéuticas que promete dejarte la piel como la de un bebé, aunque durante el proceso parezcas una estatua de terracota mal terminada. Barro, vaya. ¿Por qué pagar 150 euros en un hotel de lujo si puedes rebozarte en lodo mineral junto a una familia que está comiendo tortilla de patatas?
Un consejo de estilo: deja que el barro se seque completamente al sol antes de meterte al agua. No solo por la piel, sino porque el efecto «grieta de desierto» en tu espalda será la comidilla de la familia de la tortilla de patatas.
Dorado: Mazagón, Huelva
No pasa nada si te gusta lo clásico, antes bromeábamos: si lo que buscas es el «patrón oro» de la arena, tienes que poner rumbo a la Costa de la Luz, en Huelva, que por algo se llama así. Playas como Mazagón ofrecen una arena tan fina y de un dorado tan saturado que, al atardecer, el paisaje deja de ser visible al ojo humano.
Es una arena con una calidad casi metálica que brilla con luz propia, recordándote por qué los fenicios y romanos se volvían locos con esta esquina del mapa; aquí no hace falta excavar para encontrar el tesoro, solo necesitas una toalla y ganas de sacudirte el brillo de los pies durante una semana.
Negro: El Bollullo, Tenerife
Si el dorado te parece demasiado alegre, las Islas Canarias tienen la solución: el negro absoluto. Playas como El Bollullo en Tenerife o Ajuy en Fuerteventura son el sueño de cualquier gótico. Aquí no hay arena, hay restos de batallas volcánicas que se enfriaron hace milenios.

La arena negra tiene una personalidad arrolladora: es dramática, resalta el blanco de la espuma de forma espectacular y, sobre todo, tiene la temperatura de la superficie del sol a mediodía. Olvidarte las chanclas en una playa negra canaria no es un error, es una experiencia mística de purificación a través del dolor en las plantas de los pies.
Multicolor: Laxe, Galícia
Para terminar, un bonus: una playa multicolor en Galícia. La Praia dos Cristais en Laxe es la playa que dibujaría tu sobrina de 3 años si le das demasiadas ceras y le dices “dibuja una playa bonita, anda”. Lo que no le diremos a tu sobrina es la verdad: hace décadas, este lugar era un vertedero.
Lo que ocurrió después es una lección de humildad de la naturaleza. El Atlántico, con su paciencia infinita y su fuerza bruta, molió y pulió cada botella de cerveza, cada frasco de perfume y cada tarro de conservas hasta convertirlos en pequeños diamantes redondeados de colores verde, blanco y ámbar, incapaces de hacerle daño a nadie.
Hoy, caminar por esta cala es como hacerlo por un joyero gigante. Eso sí, ni se te ocurra llevarte un puñado de recuerdo. No seas ese turista. Primero, porque es ilegal; segundo, porque el karma gallego es implacable y probablemente acabes pinchando una rueda en la próxima curva.
Nómada incansable, amante de las mochilas de más de 40 litros. Geek de la geopolítica, las relaciones humanas y otros territorios en conflicto. Apasionado cuentacuentos, razón aquí.






