El roadtrip definitivo por Kazajistán

El roadtrip definitivo por Kazajistán

Si tu única referencia de Kazajistán viene de la mano de Sacha Baron Cohen, lamento decirte que te has perdido el secreto mejor guardado de Asia Central. Estamos en 2026 y, mientras medio mundo se pelea por un selfie en la Fontana di Trevi, los que buscamos algo de aire diferente (y un poco de aventura de la de verdad) hemos puesto el GPS rumbo a Almaty.

El año pasado hice este viaje durante dos semanas y tengo que decirte que es uno de los más salvajes que he podido disfrutar.

Hacer un road trip con tu propio coche por esta zona no es solo un viaje; es una declaración de intenciones. Es cambiar el asfalto predecible de Europa por una geografía que parece diseñada por un entusiasta de Photoshop con problemas de moderación. Abróchate el cinturón: vamos a recorrer desde desiertos que cantan hasta lagos que parecen espejos de mercurio.

Almaty: cafés en terrazas y picos nevados

Empezar en Almaty es como aterrizar en una mezcla entre Berlín, San Francisco y un puesto de avanzada soviético con un gusto exquisito por los jardines. Es la ciudad de las manzanas (su nombre significa literalmente «padre de las manzanas»), aunque hoy en día es más la ciudad de los SUVs de lujo y los flat whites.

Antes de lanzarte a la carretera, sube a Shymbulak. En menos de media hora pasas del bullicio urbano a respirar aire de alta montaña. Es el campo base perfecto para organizar el maletero, comprar provisiones (el chocolate local es obligatorio) y mentalizarse: a partir de aquí, la cobertura del móvil será un privilegio y no un derecho.

Altyn Emel: donde las colinas tienen oídos

Si tu coche no es un 4×4, este es el momento de pedirle perdón a los amortiguadores. El Parque Nacional de Altyn Emel es inmenso, vacío y absolutamente hipnótico. El plato fuerte es la Duna Cantante, una montaña de arena de 150 metros que, cuando el viento sopla de forma adecuada, emite un zumbido similar al de un órgano de catedral.

Pero no te quedes solo con la música de la arena. Las montañas de Aktau son un delirio geológico de colores blancos, rojos y naranjas que te harán dudar de si sigues en la Tierra o si tu coche ha atravesado un agujero de gusano hacia Marte. Consejo de amigo: lleva el doble de agua de la que creas necesaria. El sol aquí no perdona, pero las fotos son de otro planeta.

El Cañón de Charyn: el hermano «pequeño» del Gran Cañón

Conducir por la estepa es una lección de humildad: el horizonte es tan amplio que parece que no avanzas. Hasta que, de repente, la tierra se abre. El Cañón de Charyn es una cicatriz roja de 150 kilómetros que nada tiene que envidiarle a Arizona, salvo que aquí no tienes que compartir la vista con tres mil turistas en autobús.

Fuente: Shutterstock

El «Valle de los Castillos» es la zona más espectacular. Puedes bajar con el coche hasta cierta zona y luego caminar entre formaciones rocosas que parecen talladas por gigantes con mucha paciencia. El contraste del río Charyn rugiendo al fondo del cañón con el silencio absoluto del desierto superior es, sencillamente, poético.

Lagos Kolsay: el museo alpino en Asia Central

Después del calor de Charyn, tu cuerpo te pedirá un cambio de tercio. Pon rumbo a las montañas Tian Shan. Los lagos Kolsay son tres espejos de agua color turquesa rodeados de densos bosques de coníferas. Es el Kazajistán suizo.

Aquí el ritmo cambia. Es el lugar para apagar el motor, alquilar una cabaña de madera o una yurta y dejar que la temperatura baje. El primer lago es accesible en coche, pero si tienes piernas, sube al segundo. La paz es tan densa que se puede cortar con un cuchillo.

Kaindy: los árboles que se negaron a morir

Muy cerca de Kolsay se encuentra el lago Kaindy, famoso por sus «árboles fantasma». Tras un terremoto en 1911, un bosque de abetos quedó sumergido. Lo que ves hoy son los troncos secos emergiendo del agua azul gélida como mástiles de barcos hundidos.

Es una estampa surrealista, un poco inquietante y totalmente fotogénica. Llegar hasta aquí con tu propio vehículo requiere pericia (y quizás vadear algún riachuelo), pero esa es precisamente la gracia de un roadtrip: la recompensa es proporcional al esfuerzo de la suspensión.