Herzogenaurach: el pueblo dividido por Adidas y Puma 

Herzogenaurach: el pueblo dividido por Adidas y Puma 

Hay rivalidades deportivas que duran noventa minutos, otras que llenan décadas de titulares y luego está la de Adidas y Puma, una disputa que comenzó mucho antes de que existieran las campañas de marketing. Lo curioso es que todo empezó en un pequeño pueblo bávaro de apenas unos miles de habitantes: Herzogenaurach, donde unas zapatillas eran mucho más que unas zapatillas.

La lavandería de la discordia

A principios del siglo XX, los hermanos Adolf y Rudolf Dassler fabricaban calzado deportivo en el lavadero de la casa de sus padres. Adi era el diseñador: perfeccionista, reservado y obsesionado con mejorar cada modelo. Rudolf era un vendedor nato.

Mientras uno pensaba cómo fabricar un calzado mejor, el otro se encargaba de venderlo. La empresa crecía, los deportistas empezaban a confiar en ellos y todo apuntaba a una historia de éxito compartido: Gebrüder Dassler Schuhfabrik (Fábrica de Calzado de los Hermanos Dassler).

Hasta que dejó de serlo.

La discusión que cambió la historia del deporte

Nadie sabe con certeza qué provocó la ruptura definitiva entre los hermanos. Lo único indiscutible es el desenlace.

En 1948 decidieron separar sus caminos. Adolf creó Adidas, combinando su apodo «Adi» con las primeras sílabas de su apellido, mientras Rudolf fundó Puma pocos meses después. Aquella decisión no solo dividió una empresa: dividió un pueblo entero.

Cuando un río separaba dos mundos

Durante décadas, Herzogenaurach vivió una situación casi surrealista. El pequeño río Aurach actuaba como una frontera invisible entre las dos empresas. A un lado trabajaban y vivían empleados de Adidas; al otro, los de Puma. La rivalidad trascendía las fábricas y terminaba infiltrándose en la vida cotidiana.

Había bares frecuentados por trabajadores de una marca, panaderías donde predominaban los clientes de la otra e incluso clubes deportivos asociados informalmente a uno de los dos bandos. Las familias heredaban la fidelidad a una empresa igual que heredaban el apellido.

El pueblo donde se miraban los zapatos

La ciudad terminó ganándose un apodo extraordinario: Stadt der gebückten Hälse (la ciudad de los cuellos doblados). Antes de iniciar una conversación con alguien, lo primero que hacían era bajar discretamente la vista para comprobar qué zapatillas llevaba puestas su interlocutor.

Tus zapatos podían decir sobre dónde trabajabas, con quién te relacionabas e incluso qué bares frecuentabas. Parece exagerado visto desde hoy, pero durante buena parte del siglo XX esa pequeña inspección visual era casi un gesto automático.

Dos hermanos, una competición mundial

Mientras Herzogenaurach permanecía dividido, la rivalidad empezaba a extenderse mucho más allá de sus calles. Ambas compañías luchaban por patrocinar a los mejores deportistas, desarrollar tecnologías más innovadoras y aparecer en los mayores eventos deportivos del planeta.

Cada medalla olímpica, cada Mundial de fútbol y cada récord batido representaban una pequeña victoria en una competición que, en realidad, seguía siendo profundamente personal. Lo que el resto del mundo interpretaba como una batalla entre dos gigantes del deporte seguía siendo, en el fondo, la historia de dos hermanos incapaces de reconciliarse.

Herzogenaurach en el siglo XXI

Hoy la tensión ha desaparecido casi por completo, aunque las sedes mundiales de Adidas y Puma siguen estando en Herzogenaurach, separadas por apenas unos kilómetros. El pueblo ha aprendido a convertir aquella rivalidad en parte de su identidad y muchos visitantes llegan atraídos precisamente por esta curiosa historia empresarial.

Es posible recorrer las instalaciones de ambas compañías, visitar enormes tiendas outlet y pasear por las calles donde nació una parte importante de la historia del deporte moderno. Lo que antes era motivo de división se ha transformado en un atractivo turístico que pocos lugares pueden igualar.

Bastó una discusión familiar hace casi un siglo para dar origen a dos empresas valoradas en miles de millones de euros y a una rivalidad que todavía hoy continúa en estadios, pistas de atletismo y zapatillas de todo el mundo.

Y quizá esa sea la mejor lección que deja este pequeño rincón de Baviera. Porque cuando uno pasea por sus tranquilas calles resulta difícil imaginar que, desde aquí, dos hermanos enfadados terminaron cambiando para siempre la forma en que el mundo entiende el deporte… y también las zapatillas que lleva puestas.